Difícilmente podemos encontrar una figura profesional más estereotipada que la del jefe. De entrada, este término carece de un significado claro, puesto que puede hacer referencia tanto al máximo responsable de la empresa como al director de un departamento en concreto o, incluso, a un supervisor de planta. A medida que las compañías han ido cambiando su estructura tradicional de funcionamiento, los jefes también han tenido que reconvertirse, con desigual fortuna. Porque, al fin y al cabo, no todos los jefes actúan como verdaderos líderes. Veamos las diferencias.

El final de una era
La primera apreciación que puede hacerse sobre esta cuestión es que el liderazgo que demandan las nuevas realidades empresariales y comerciales resulta totalmente incompatible con una concepción tradicional del jefe. Cuando el trabajo en las oficinas ha pasado a ser simplemente una opción, el seguimiento de un horario rígido resulta casi obsoleto y la vinculación a un solo departamento empieza a resquebrajarse, el líder cuenta siempre con mayores destrezas para amoldarse a las nuevas circunstancias.

Empatía frente a condescendencia
Los jefes pueden ser cercanos, sí, pero en esa cercanía no suele destacar un sincero afán de mejorar la situación personal y laboral del empleado sino, simplemente, aumentar su productividad. Esto se traduce en que el jefe se muestra siempre como adalid de los intereses de la empresa, lo cual impide que sea especialmente valorado por sus cualidades humanas. El líder resuelve estas situaciones con un enfoque bien distinto. Cada trabajador es estimulado no tanto desde el punto de vista corporativo sino en base a sus propias inquietudes personales. Así, el liderazgo deja tras de sí una huella de respeto, fruto de la mayor empatía hacia la plantilla.

Un concepto no tan novedoso de la autoridad
La concepción más habitual de la autoridad es la de la potestad que alguien tiene para exigir mayores rendimientos laborales o evaluar los resultados. Consecuentemente, resulta más apropiado hablar de autoritarismo que de autoridad, al menos en el sentido clásico de la auctoritas (en oposición a la potestas). El líder estaría mucho más cerca de esta visión romana de la autoridad, aceptándose su criterio no como una imposición sino como la consecuencia lógica de su buen hacer. Además, los líderes confían más en el talento de sus trabajadores, así que rara vez se ven en la necesidad de hacer valer su autoridad de malos modos.

Delegación, responsabilidad y autonomía
Muchos jefes creen que si no se encargaran de distribuir decimonónicamente las tareas, estas se quedarían por hacer. Los líderes saben delegar e incentivan la toma de responsabilidades por parte de unos empleados mucho más autónomos y, sin embargo, eficientes. Una interesante combinación de autoestima, confianza y ambición.